Sufrir un secuestro o extorsión

 

Camilo Ramírez Garza

 

Actualmente la inseguridad ha dejado de ser un tema de agenda política para convertirse en una realidad cotidiana con la cual los ciudadanos debemos lidiar. Los robos, asesinatos, fraudes, extorsiones y secuestros, ya no solo son  problema de ciertos países, estados y zonas, ni exclusivos de estratos socioeconómicos altos. Pareciese que incluso el crimen se ha democratizado. El temor ya no es solo sobre lo posible y lejano, sino sobre lo que sucede a diario a la vuelta de la esquina.

 

En el caso del secuestro, los hay desde los llamado express en donde ni siquiera se priva de la libertad a nadie, los de unas pocas horas, los llamados “levantotes”, hasta los que duran varias semanas, meses o años.

 

 Se maneja que ya para terminar el 2009 en México solo entre los jóvenes -¡la cifra es alarmante!- son cerca de dos mil los que han sido secuestrados, más los que se suponen no han sido reportados.

 

A pesar de que el secuestro se circunscribe a un tiempo específico, desde que el sujeto es privado de su libertad, se realiza el contacto con su familia, hasta la solicitud del rescate y –en el mejor de los casos- la “devolución” del familiar. Los efectos se extienden más allá, pues con el secuestro se han minando las condiciones mínimas de existencia que un sujeto y familia requieren para poder vivir, trabajar, estudiar, divertirse, etc.: la seguridad e integridad. En pocas palabras ¡Se ha jodido su espacio vital!

 

Ante dicha realidad ¿Qué hacer? ¿Cómo responder? ¿Cómo soportar la presión permanente de la vigilancia y acoso de “otro” que se supone poderoso, quien asecha dando sus órdenes del otro lado de la línea telefónica? ¿Cómo lidiar con esas voces aplastantes, que amenazan y sumen en la impotencia a (algunos) quines las escuchan? “Tenemos a su….” “Ya sabemos dónde….” “Si no nos paga una cuota mensual, entonces…” ¿Cómo disfrutar de las cosas de la vida (diversión, amigos, trabajo, escuela, amor, vacaciones, etc.) si se ha perdido la ilusión mínima de seguridad? ¿Cómo dormir?...interrogantes que nos sitúan en el contexto de la influencia de la palabra que somete, creando impotencia y desesperación. ¿Cómo des-afectarse de su influencia?

 

El secuestro, al ser un negocio, puede ser considerado como un efecto más de lo humano reducido a simple valor económico. El secuestro como muchas otras cosas reduce lo humano a simples variables biológicas y económicas (neuronas, genes, síntomas, calificaciones –en la escuela- índices y porcentajes.) posee las mismas lógicas propias a la biopolítica: reducir la diversidad de lo humano a lo uno, convertirlo en una serie. Para ello se pretenderá que el sujeto particular quede borrado, anulado. Tal como sucedía a aquellos que iban a parar a los campos de concentración durante el holocausto judío a manos de los nazis: ser solo tomados como etnia a exterminar y fuerza de trabajo. Para el secuestrador su secuestrado solo tiene un valor de uso económico, a veces político. En ese sentido el ropaje simbólico que constituye a los humanos (lenguaje, particularidad, vínculos, amor, confianza, seguridad, ley, religión, etc.) se ve afectado.

 

La propuesta consiste a la inversa: restituir dichas condiciones mínimas humanas, mediante la palabra que es dicha a otro, a fin de no quedar esclavizado(a) a lo sucedido, relatar las diferentes y singulares experiencias de dolor y sufrimiento personal y familiar, así como las maneras de lidiar con ello, es que se puede descansar y poder aspirar a seguir adelante, siendo el inicio de algo nuevo…

 

camilormz@gmail.com

(81) 83 46 20 09