Psicología criminal: el problema de la delincuencia

por

Camilo Ramírez Garza

 

Ráfagas salidas de armas largas surcan los aires trastocando los cotidianos ritmos de un tráfico citadino, acostumbrado ya a los rutinarios choques, sirenas zigzagueantes y vendedores ambulantes.  De un carro a otro en movimiento se trazan las trayectorias de las balas, buscando el daño del otro, su inminente muerte. En breves instantes los pulsos de quienes lo presencian se aceleran vertiginosamente al correr de las metrallas. Nadie está exento de morir, las balas perdidas, los equívocos… ¡El peligro asecha!

 

La delincuencia se define en relación a la desobediencia a ley y sus principios más básicos; al respeto perdido hacia el otro y sus bienes. Históricamente surge como una noción que suple a la del pecado contra Dios, equiparado contra el Rey. Al surgir la ley, el delincuente es hora enemigo publico de la sociedad de la que todos formamos parte, aquel que advirtiendo los laberínticos recovecos de la misma, busca sortearla por el camino más breve tomando un atajo. Mientras el resto de la gente se esfuerza por estudiar y trabajar, normando su vida en pro del bienestar personal, familiar y social, aquellos que delinquen son seducidos por la emoción de “ganarle” al sistema que regula y administra le ley; “ganarle” al poder. Si todos trabajan por el dinero, entonces yo hago lo propio por el de ellos asaltando un banco a punta de pistola; puede que piensen que la desigualdad social los cobija y exime de culpas: el odio al rico, la envidia más destructiva cocinada a fuego lento durante años bajo la figura de la lucha de clases, donde la destrucción del otro es el único medio considerado para entonces así tener, poseer y entonces Ser: solo destruyendo el orden, es que consigo librar mi propia batalla, que conozcan de mí, de mis logros y habilidades para burlarlos.

 

Del otro lado está la ley, el estado y sus fuerzas policíacas, trabajando en el  contraataque, en algunos casos  –tristemente- coludidos. Por un lado las preguntas sobre las causas van y vienen: ¿Por qué la gente es así? ¿Por qué hay tanto mal en el mundo? ¿Muertes violentas?  ¿Delincuencia? ¿Será una psicopatología, enfermedad mental que trastorna a algunos y los lleva a ejecutar semejantes actos?  ¿Un acto criminal muestra de la barbarie humana, cometido por un cerebro degenerado de deficiente funcionamiento? ¿Una deficiente educación de valores? ¿Aquellas consecuencias de la infancia sin amor, aparentemente alejada ya del presente de la vida adulta? …Y demás interrogantes que diversos sectores de la sociedad lanzan tratando de lidiar con la realidad, mientras los ciudadanos se arman de valor o simplemente se protegen “haciendo de la vista gorda” bajo la creencia absurda del “¡A mi no me pasa!”

 

Tales sucesos debieran leerse a la letra como síntomas, no tanto como actos asilados destinados al olvido, debiera de llevarnos a una amplia reflexión sobre las pocas influencias -que evidentemente poseen- la religión y una educación cuantificadota tecnologizada, hacia la irrefrenable naturaleza humana, al organizarse la vida predominantemente bajo las luchas más frías de la economía global: la explotación y el consumo. Pensar en como los valores que supuestamente dan forma al mundo, son destronados por ambos lados: gobierno y delincuencia. Que la llamada delincuencia, y el “terrorismo” que produce los bombazos públicos, asaltando y matando sin avisar ni discriminar a nadie, matando inocentes, son la materialización más cruenta del otro terror, ese silenciosos del que tampoco se salva nadie y que sutilmente “mata y descuartiza” y humilla incruentamente, sumiendo en la pobreza más extrema; ese orquestado por el un establishment económico y político que se considera a sí-mismo poseedor de la normalidad. Cuando los problemas de la delincuencia de los países son producto de ambas partes: una marcada desigualdad social: cada vez más pobres ganando menos, mientras pocos ganando más, así como el deseo por sortear los limites de la legalidad por la sola pasión de hacerlo, entonces se podrá conocer algo de las subjetividades actuales. Donde su recompensa-emoción es ganarle al poder, entonces se podría analizar más cabalmente. Como cuando se le preguntó a Daniel Arizmendi, secuestrador, apodado por sus prácticas como el “mocha orejas” ¿Qué haría si quedara en libertad, si lo volvería a hacer? Contesto: “La adrenalina es más fuerte que yo”

 

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