Psicoanálisis de la extorsión

por

Camilo Ramírez Garza

Cosa cotidiana: suena el teléfono en una casa y alguien contesta; pero del otro lado en vez de encontrarse con una voz amable, encuentra una voz desconocida, que en breve, se convertirá en una verdadera pesadilla: “Si no nos deposita la cantidad de….se lo lleva la chingada a usted y su familia” Entonces el terror inicia, se vuelve presente, aplastante hora tras hora; se teme que la amenaza finalmente se cumpla, y quien habla, lleve a cabo su plan, a menos que haga lo que me pide.

A pesar de no conocerse a quien habla, se cree casi infaliblemente en su palabra, “seguramente si no hago lo que me dice, sucederá lo peor, cumplirá su amenaza”  -se piensa. Por otro lado, hay quien de inmediato cuelga la llamada, otros se desafectan identificando la procedencia de dicho número: “Esa llamada viene de algún penal del DF, en realidad no me conocen” Mientras que otros tienen algunas buenas ocurrencias bastante agudas que –cosa curiosa- desbaratan revertiendo los efectos aplastantes de esas voces de quien busca extorsionar, y con un plus, produciendo risas cuando no carcajadas una vez que se platican a familiares y amigos. Pues no hay que perder de vista, o más bien de escucha, que dicha situación de la extorsión se produce en el contexto de la palabra y es a ese nivel donde se puede operar a fin de lidiar con ellas, desafectándose, haciendo que sus efectos no sean tan aplastantes.

La extorsión es un diálogo con ciertas características que a continuación revisaremos: a) quién habla para extorsionar toma control total de la conversación, es un verdadero maestro perverso quien desea controlar y humillar a su interlocutor, para la cual si discurso es de una sola vez, cerrado, sin cortes. Es la misma lógica de un comediante, quien para poder generar risas en su público, no debe de ser interrumpido. Ambos discursos, el del extorsionador y el del comediante son discursos que no deben de ser interrumpidos, pues pierden aquello que desean suscitar en quienes escuchan. Pensemos en un extorsionador que se equivoca de número y llama a otro lugar y lo recibe un conmutador con una larga ristra de números, verdadera burocracia digital, o que llame a una casa en donde quien contesta tiene problemas para oír y entonces le pide que el extorsionador le repita varias veces lo mismo y lo mismo… Lo mismo cuando un comediante se enfrenta con un miembro del público que lo interrumpe haciéndole preguntas concretas sobre partes del relato del chiste, el primero seguramente terminará por desesperarse y al final el chiste ya no tendrá chiste, pues no hay algo peor que un chiste explicado.

Otra cosa que afecta la extorsión es que quien llama vulnera la seguridad de manera constante: se siente que llamará cuando sea, que persigue todo el tiempo. Su persecución se siente a la manera de un “marcaje personal” en futbol, como si no fuera otro humano que tiene, al igual que quien recibe la llamada, cosas que hacer (dormir, comer, ir al súper, levar a los hijos a la escuela, etc.) de ahí que la noción que se va teniendo del extorsionador sea de alguien perversamente maligno cuyo omnipresente y omnipotente brazo lograría alcanzarnos  en cualquier lugar. El contraste con tal noción no lo ha dado un caso que recientemente ha salido a la luz pública en la localidad, Monterrey, Nuevo León, México. Un grupo de jóvenes, la mayoría todos ellos menores de veinte años, fueron detenidos por realizar más dos docenas de extorsiones. Al ver las fotografías en los periódicos de semejantes jóvenes algo se advertía: el terror que suscitaban con sus voces vía telefónica era inversamente proporcional a la lástima e indiferencia, “parecía que no quebraban un plato” “Son juniors que deseaban dinero fácil” Más que miedo, lo que inspiraban era lástima y ganas de darles una buena ejemplar “tunda” parental, en la lógica de un correctivo que tuvo que llegar a destiempo.

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