ALGUNOS EFECTOS

DEL ROBO CON VIOLENCIA

 

 

Camilo Ramírez Garza

 

 

Recientemente atendí a una persona a quien le robaron su camioneta con lujo de violencia. Ella me pedía que, junto con ella, diera testimonio de lo que vivió, sufre y principalmente, el cómo ha intentado arreglárselas para seguir con su vida, encargo que he tomado al pie de la letra, motivo por el cual escribo y le dedico estas palabras. 

 

Ella refería sentirse temerosa ante todo y todos. Ahora cualquier mirada, cualquier gesto, persona o situación, es sospechosa. Incluso el ocaso en su majestuosidad como se expresa en las paredes montañosas de la Huasteca, es motivo del inicio del temor, pues al mismo tiempo es anuncio de la noche y su oscuridad, y con ello, todo lo que puede esconder: robos, agresiones, asesinatos, maleantes y tantos crimines que se quedan impunes. A menudo durante el día dice  sentirse presa de un inmenso miedo, le sudan las manos, siente el corazón dar de brincos, desesperada no sabe que hacer, con quien hablar, motivo por el cual se dirige a la consulta, una vez que ha intentado relajarse por su medios. Piensa en la posibilidad de tomar medicamentos, pero al mismo tiempo reconoce que ello no modificaría lo que piensa, “sería como tapar las cosas”

 

Primero habla de las deficiencias del aparato judicial, no solamente en las pesquisas por devolverle su camioneta robada y dar con aquel que le ha despojado de lo suyo, tocando y afectando la ilusoria seguridad en que se suele vivir, sino en la atención burocrática excesivamente desafectivizada: el poco tacto por recibir y reconocer su tragedia y sufrimiento. “Cuando se junte una valija de demandas por robos igual al suyo, entonces enviaremos la información a la dependencia…” –le responden. El colmo de la individualidad reducida a estadísticas. “La esclavitud de la estadística en las sociedades democráticas” le ha llamado Borges. Entonces argumenta a su favor, interrogando por una eficiencia de los medios electrónicos que se suponen deberían estar enlazados para compartir información entre las diversas dependencias, ser inmediatos, eficientes, dar el servicio que se proponen. “Por eso esa gente hace lo que hace, porque el sistema no hace nada”

 

Por momentos las palabras se presentan limitadas, llegan al límite en que desborda, entonces llora, cerrando una mano, se da de golpes en la pierna, lo mismo en una mesa. Pregunta si está mal por sentir todo eso, si está mal por no querer ahora ver noticias sobre asaltos, asesinatos, robos, etc. Se confiesa que antes lo hacía, que incluso hablaba de ello con amigas y familiares, pero que ahora es diferente, pues lo ha vivido. ¿Cómo seguir? ¿Cómo lidiar con eso? Le pido que me hable más, le doy mi teléfono, le pido que cuando se sienta así, me llame por teléfono sea la hora que sea. Sonriendo, agradece el gesto. Le repito que no se trata de una simple formalidad, que la apuesta es en serio: que llame y hable, que le acompaño. También le pido que de cuenta de ello, escribiendo, dice que le parece una muy buena idea, y que seguramente lo hará. La siguiente pregunta que me hace es ¿cuándo logrará volver a confiar en salir a la calle? ¿Cómo recuperar la confianza? ¿Si acaso sentirse un poco segura?

 

Durante la consulta es imposible no recordar ora aquel robo a mano armada que sufrí, ora cuando robaron la casa de mis padres cuando éramos jóvenes, ora las decenas de historias que uno conoce por referencias de amigos, familiares y desconocidos que todos los días son robados, asaltados, estafados, asesinados, etc.

Si bien mucha gente se dirige a la consulta psicológica o psiquiátrica ante la imposibilidad de lidiar con sus miedos y angustias, así como ante los comentarios, simples lugares comunes: “eso está en tu cabeza” “son su imaginación” “eso es psicológico” “es estrés” “esos miedos son irreales”, etc. Lo cierto es que todos y cada uno de ellos poseen un soporte y referente en la vida compartida; así como un sentido para quien los padece. La labor de quien recibe, acompaña y escucha, nunca debiera ser desacreditar lo dicho por otro, por más increíble, loco e irracional que le parezca, ni tampoco apresurarse a tapar y quitar el malestar por una supuesta empatía compadecida que ralla en el sentimentalismo más simplista, impidiéndole al otro hablar, dar cuenta de lo que ha vivido.

 

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