Psicoanálisis de la vida diaria

 

por

Camilo Ramírez Garza

 

 

Frecuentemente, en la consulta, atendemos diversas problemáticas, una de ellas se refiere al manejo de la disciplina y los límites en el hogar: ¿Cómo hacerle para que nuestro  hijo/a nos haga caso? –exclaman unos desesperados padres. Situación similar surge también en el ámbito escolar, en donde los docentes se enfrentan a la intrincada y casi titánica tarea de, a la par de realizar la enseñanza, ejercer cierta autoridad con sus alumnos, que permita, ya no digamos volver el sacrosanto respeto que otrora emanara del lugar e investidura  del profesor/a, quedándonos en la añoranza hueca y perpetua de que otros tiempos fueron mejores,  sino suscitar ciertas condiciones mínimas para poder llevar a cabo las actividades que tienen lugar en el aula.

Tomemos una situación bastante frecuente que refieren tanto padres como maestros: “Nos dicen que se queda dormido en clases, que no pone atención, no rinde, que está como ido” A dicha expresión, siguen una larga lista de efectos: se atrasa en el trabajo diario, no apunta la tarea, se queda sin recreo, lo “pescan en curva” con preguntas que no puede responder, va acumulando tareas, igualmente reportes, quejas y más quejas. En casa intentan de todo: le llaman la atención, hablan con él de diversas formas, tranquilos, firmes, con pocas y muchas palabras, hasta restricciones, castigos, nalgadas…y el hijo/a parece ser inmune a cualquier influencia de los padres y maestros, no solo no hay mejoría, sino ningún cambio, la última frontera de asistencia consiste en llevarlo a consultar con el neurólogo, quien después de diversos estudios (tomografía y electroencefalograma) descarta problemas cerebrales, “Se trata de disciplina”, concluye.

 

Efectivamente está como ido. En el salón la maestra intenta hacer algo, sentándolo cerca del escritorio, el marcaje personal cerca de la mirada vigilante; mejora un poco, pero el síntoma permanece, se le ve cansado, agotado.

“¿Cómo está durmiendo?” –pregunto. “Suponemos que bien. El pediatra nos dijo que estaba muy bien de salud, que no estaba enfermo” –contestan sus padres. Refieren que él se va a su cuarto y, creen ellos, que se duerme. Les pido me describan su cuarto. La pregunta les extraña, qué tiene que andar preguntando un psicoanalista por cómo es el cuarto de su hijo, se esperaría de un ingeniero, un arquitecto o si acaso un diseñador. A pesar de la extrañeza, responden. Mientras van describiendo el lugar, algo va apareciéndose tan claro, tan cerca, como diríamos coloquialmente, justo “en nuestras  narices” que pocas veces vemos precisamente porque obvio, que va respondiendo a muchas de las preguntas y malestares que nos habíamos planteado: “…. Y a un lado de la cama tiene la computadora, y luego la tele, el DVD, una pecera, el Xbox, un estéreo…también tiene cable, cada quien tiene una televisión en su recámara”….

 

¿A qué hora se duerme? –vuelvo a preguntar. “Suponemos que bien” ¡No está durmiendo! Se queda, si no toda la noche, gran parte, conectado, no se desconecta de nada, es decir, no descansa, y si no descansa y si no duerme, se levanta con sueño, ¡No rinde porque está rendido! Donde sí se desconecta es en la escuela, ahí anda todo ido, como si no hubiera ido.

 

¿Cómo es que tiene tantos aparatos en su cuarto? –pregunto. Me dicen que los ha ido acumulando, tanto de regalos de otras personas, como de compras que le han hecho ellos. Cuando les sugiero por qué no sacarlos del cuarto o ponerle una hora para dormir, pareciera como si hubiera sugerido algo realmente terrible, el más grande de los castigos, solo supuesto en el peor de los regímenes dictatoriales; aluden a su privacidad, al respeto por su espacio, que es su cuarto, que son sus cosas, sus derechos....¡¡¿Con un hijo de 8 años?!!...

 

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