Psicoanálisis de la vialidad

Camilo Ramírez Garza

 

Una vez que los desarticulados y erráticos movimientos al manejar se van integrando, creando una sola secuencia automatizada, se ha adquirido cierta pericia al volante, misma que permitirá variar diferentes aspectos, no solo de la actividad en cuestión, como la velocidad, la conducción… sino otros más complejos, como ir platicando, fumando, cambiar de estación o de CD, hablar por teléfono, pintarse, y hasta ¡mandar un mensaje de texto! ¿Qué es lo que hace que se produzcan dichos actos? ¿Aprender a manejar? ¿Realizar un sinfín de actividades mientras se conduce? ¿Cuáles son sus efectos?

 

 Nuestro cuerpo dista mucho de estar pasivamente “trepado” a una máquina, accionando una serie de palancas, botones, volantes. El acto de manejar produce ciertos cambios que a continuación comentaremos: Mientras caminamos o corremos, somos necesariamente consientes de nuestro cuerpo, estamos en nuestro cuerpo; se advierten los cambios en la respiración, frecuencia cardiaca, así como las tensión muscular en otras partes del cuerpo, como las piernas, brazos y abdomen, además de la resistencia del viento y la pesadez del cansancio,  ¡Estamos sujetos a la ley de la gravedad! Al subirnos a un automóvil, entonces el cuerpo aparentemente pierde sus limitaciones y fragilidades, entonces –sin el cansancio de a pie- se alcanzan velocidades inimaginables para el cuerpo. Las distancias y tiempos se acortan; se prescinde de la fricción del viento, así como de otros factores climáticos (calor, frío, lluvia, etc.) pues el aire se acondiciona a voluntad.

 

Al estar frente al volante el cuerpo humano queda ilusoriamente suspendido en sus fragilidades, avanza más rápido y sin tanto esfuerzo. De tal manera que no solo sus capacidades aumentan, sino su peso, p.e. Al manejar a cien kilómetros por hora el peso aumenta tres veces, por lo que una persona de cien kilos, al frenar o impactarse, la fuerza de choque será de 300 kg. Así como también los límites del cuerpo, movimiento necesario para la conducción. Al estar frente al automóvil los límites del yo se expanden, entonces se puede calcular la extensión del automóvil que se maneja, se trate de uno compacto o de una unidad de carga con dos o tres cajas.

 

Dicha expansión de los límites del cuerpo,  producirá igualmente una transformación de la sensación de poder y seguridad, con la ficción de ser invencible, “todopoderoso” pues se maneja un carro con mucha seguridad o una imponente camioneta, que se supone imparable. Haciendo en algunos casos que se maneje a diestra y siniestra sin importar el otro, bajo la consigna de que siempre soy yo el que tiene que ir primero, ganar, imponerse, nadie debe de meterse, o de avanzar más rápido que yo. Con lo cual la convivencia vial se ve afectada en su sentido: ser leyes de tránsito que posibiliten el circular de manera segura. Precisamente porque los humanos no somos organismos regulados instintivamente, sino artefactos curiosos y paradójicos, efecto de la cultura (lenguaje, imágenes, leyes, usos y costumbres, etc.) es que nuestros cuerpos se ven transformados por los efectos de interacción con las máquinas, como los automóviles, nos “¡Hacernos con y como las máquinas!” Por ello requerimos de frenos y semáforos que regulen, si acaso también eviten, el goce desenfrenado de fundirse con la velocidad, ser  velocidad pura.

 

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