Los mecanismos del poder

 

Camilo Ramírez Garza

 

Dos son los mecanismos que el poder –sabiéndolo o no- utiliza para mover a las masas a inclinarse en su favor: el miedo y la desmoralización. El objetivo: que la gente no piense y no haga nada paralizada por el miedo, así como que no crea en nada.

 

Recientemente escuchaba en la radio a un comentarista, quién se presenta como editorialista, referirse al próximo período electoral del año entrante: qué si se vuelve a lo mismo: oír propuestas de campaña que no se cumplirán, que si la excesiva propaganda y la demagogia, etc.

 

Dicho mensaje, aunque se pretende crítico, quién lo enuncia no puede advertir que su mensaje participa (sirve) de aquello que a lo mejor quisiera atacar: las triquiñuelas laberínticas del aparato político (fraudes, enriquecimiento, impunidad, etc.) Más que hacer tomar conciencia en los ciudadanos los sume aún más en la indiferencia y en el enfado a priori de cualquier participación activa en la vida que a todos nos concierne de “la cosa pública” desde lo más próximo y elemental, como es la cuadra en donde se vive, la colonia, el distrito, el municipio, la ciudad, hasta el estado, el país y el mundo.

 

A eso se refiere la desmoralización como mecanismo del poder o de los micro poderes que van surgiendo de los discursos que tejen nuestra cotidianidad social, que como diría la raza “el mal viaje” que funciona como pre-juicio a-critico –perdón el pleonasmo- de que toda la política son “puras cochinadas” y que siempre es lo mismo y que nada se puede hacer. Semejantes ideas desarman al ciudadano ante sus obligaciones y derechos, lo cual hace que el poder político pueda “hacer y deshacer” al cabo y que los ciudadanos están desmoralizados y no creen en nada ni en nadie; andan como locos, entre los trastornos que la psicología y la psiquiatría ofrece: depresión, déficit de atención, estrés, burn-out, trastorno bipolar, adicciones, trastornos alimenticios, etc. buscándose sentidos de vida en lo que ofrece el mercado. Lo curioso es que cada uno de estos síntomas y padecimientos actuales posee una intima relación con la forma en la que se vive y convive, principalmente de la mano del mercado  y la biopolítica. En vez de que alguien se pregunte ¿Cómo es que dicho problema que tengo se relaciona con la forma en la que vivo en familia, sociedad, raza, etc.? La mirada se dirige hacia el cuerpo, úntese esto, tómese esto, ajuste la dosis, aumente más medicinas, nunca descansar. Se aprisiona la palabra: hoy vivimos los tiempos de los trastornos atrapados en el cuerpo, de las palabras que quedan secuestradas en los cuerpos cansados que andan por todos lados. 

 

Semejante contexto se une al miedo que de la inseguridad se desprende: nadie quiere saber nada, nadie quiere alzar la voz, decir nada, la vida es tan preciada, solo unos cuantos denuncian, hacen algo. Esto aunque sea tema siempre presente en la sobremesa de cualquier reunión: robos, fraudes, secuestros, extorsiones, etc.

 

Me parece que si algo debemos hacer cada ciudadano es seguirle la pista a aquellos que fueron electos para su puesto, cuestionarlos y pedirles cuentas. Existen diversos medios de monitoreo de cada diputado local y federal: que propuestas han hecho, que implica cada una de ellas. La era del ciberespacio y las telecomunicaciones nos han permitido acortar las distancias, podemos usarlas. Dichas medidas de entrada nos permitirían tomar una posición activa en la solución de nuestra salud mental social y personal, que para el caso no hay mucha diferencia entre una y otra. Los padecimientos psicológicos y psiquiátricos no tienen que ver solo con el cerebro, sus genes y la infancia, sino con las condiciones de vida que van tejiendo los contextos en donde vivimos, trabajamos, en última instancia en la producción de nuestro espacio vital en donde amamos y odiamos.