LOS JUEGOS DE LA REALIDAD

por

 

Camilo Ramírez Garza

 

 

Los humanos para poder experimentar la realidad debemos de imaginarla, es decir ficcionalizarla: articularla en el tejido de las palabras y las imágenes. Al nacer somos inscritos en el ámbito humano: ámbito del intercambio, de la relación con los otros; posibilitado por el lenguaje. Ese lenguaje que nos a traviesa consistiéndonos. La madre nos regala su voz. Poco a poco esas palabras que nos son dirigidas formarán nuestro mundo interno, dando la ilusión de  “lo interior”  y “profundidad” en oposición a lo exterior (pensamientos, fantasías, afectos más profundos, etc.) pero todo mundo interno, por más profundo que se le suponga (¡En el fondo es buena persona!”) proviene del afuera; los humanos poseemos un mundo interno externo, una interioridad exteriorizada. De ahí que Freud planteara el inconsciente como algo que no se sabe -pero igualmente es efectivo- que atraviesa el decir: “el sujeto sabe pero no sabe que sabe”

 

En todo ser-hablante que habla a otro, hay un decir más allá de lo que se quiere decir de primera intención: un decir con el que me encuentro, como por efecto de resonancia, cuando me pongo a escucharme. Similar experiencia durante un psicoanálisis: el analizante descubre en su decir las propias claves que plantean interrogantes y respuestas a sus propios problemas; como un decir adentro de otro decir, en las mismas palabras, pero desdobladas.

 

Es en este juego de decires donde aparece lo que alguien dice y lo que su propio discurso le dice -por efecto de resonancia- en relación con las imágenes que estructuran esa ficción llamada realidad. Realidad que tiene que ser construida para poder ser percibida. Pues los humanos al perder toda regulación instintiva, nos vemos en la necesidad de crear cultura (lengua, instituciones, arte, leyes, religión, etc.) para que ésta a su ves nos constituya como seres en una comunidad humana, de acuerdo a ciertos usos y costumbres, nociones compartidas, como lo es la realidad humana.

 

Tesis central de la trilogía Matrix de los hermanos Wachowski en donde la gran Matrix es una supercomputadora creadora de realidades en base a ciertos programas de computadora, mientras que los cuerpos-pila de los humanos la proveen de energía. Metáfora sobre el estatuto de ficción de la realidad: para existir la realidad humana debe ser tejida a través del lenguaje; la realidad se va percibiendo en la medida en que se crean lenguajes que nombren y estructuren la misma.

 

Es en ese sentido que al igual que la realidad, mi existencia se ve inserta en tanto noción: cada uno de nosotros posee una ficción propia a partir de la cual percibe y tiene la sensación de vivir la realidad, de tener una mismidad que se perpetúa en el tiempo: el Yo.

 

Gracias al lenguaje que nombra y que se instala vía la voz, es que ese ajeno-extraño -alíen- (noción de sí mismo) se irá instalando en el organismo, dando paso al cuerpo humano: cuerpo erógeno, paradójico y que surge en el momento en que se asume una imagen a partir de diversas miradas: como me ven, como me veo, como veo que me ven…y con la cual se supondrá una relación con el entorno: ser algo o alguien con el otro y con lo otro; habitar en un espacio y tiempo.

 

Es tal la experiencia del psicoanálisis: que alguien busque y pueda dar cuenta de las nociones que le han constituido, esas que aparecen desde lo que se sabe de sí mismo, pero también aquellas que insisten desde los otros: lo que dicen, sus miradas, sus gestos. No solo cuáles son mis problemas, miedos, angustias, encuentros y desencuentros, sino en última instancia qué me comunican sobre lo que supongo que soy.

 

camilormz@gmail.com