LO REAL DEL CUERPO[1]

 

 por

Camilo Ramírez Garza

 

 

Carne, entrañas, huesos, tendones, tejidos, pelo, uñas, fluidos: sangre, lágrimas, flujo menstrual, semen, sudor, cerumen, pus, lagañas, excrementos, orines…desarticulados y primordiales. Realidad tangible que conforma al organismo caótico y desorganizado.

 

Dicho real del cuerpo es impactado por el lenguaje y la imagen, es decir, por la voz y la mirada de quienes le reconocerán como semejante en un contexto cultural determinado, posibilitándole quedar inscrito simbólicamente como sujeto, ser algo para otro.

 

El efecto de la voz humana es el amor, el lazo que hace que el propio cuerpo se erotice, eso que Freud nombró como pulsión (del alemán Trieb: empuje, rebrote) y se desplace hacia fuera del ámbito de lo animal-único, es decir, el campo del instinto, para constituirse por la diferencia y así surgir el cuerpo humano, como entidad hablante, siempre en constante construcción. De ahí que nunca se termine de ser.

 

La voz -esa que viene de afuera- al atravesar y constituir el cuerpo humano (“El cuerpo es un regalo del lenguaje” dirá Jacques Lacan) funda lo humano, la psique, la sensación de poseer un mundo interno donde se piensa, reflexiona y fantasea. Pero todo eso vino de afuera, de otro que hablaba. En ese sentido nuestra voz, producida entre el cuerpo, pues la voz no “sale” de ningún órgano en particular sino que se produce entre el cuerpo (pulmones, diafragma, cuerdas bocales, lengua) es algo extranjero, algo ajeno, un alíen que toma a ese organismo caótico y primordial para darle forma de cuerpo humano y entonces otorgar la sensación de que se “es” el cuerpo que se posee.

 

Ilusión –la del control y posesión de un cuerpo “propio”- que se mantiene siempre frágil y fugas, pues lo real del cuerpo aparece a menudo sorprendiendo, desgarrando dicha seguridad: desde un simple tropezón, accidente cotidiano, un paso de baile que no sale bien, un temblor de nervios o sonrojarse tomando al cuerpo por sorpresa; un mimbro amputado que sigue doliendo, o uno propio que se comienza a experimentar ajeno, como si fuera de otro. Hasta una enfermedad como el cáncer, dónde las células no dejan de reproducirse, diríamos que padecen un “exceso de vida” y quién lo padece experimenta “como algo ajeno” eso que sucede en su cuerpo: “Es que yo me sentía mal” “Cómo es posible que ahora me pase esto, o esto otro”; en el caso de la muerte inminente: “¡Renuncio a morirme! ¡No puedo morirme!”

 

De ahí que Freud planteara que en lo Inconsciente nadie creemos en nuestra propia muerte, de ahí que solo podemos imaginarla como si se tratara de la muerte de otro (yo viéndome “desde afuera” el día de mi funeral) en tanto que nuestra psique humana está hecha de lenguaje, palabras que siempre serán eternas, pues el lenguaje no nace ni muere, es algo vivo que se transforma a través de la interacción con los demás seres-hablantes. Ese “desde afuera” solo es posible gracias al desdoblamiento del lenguaje; pensar, imaginar, hablar, de mí-mismo como si se tratase de otro, de alguien ajeno que soy yo mismo; la otredad puesta en lo propio; lo ajeno y distante como lo más cercano y familiar: eso que solo se puede localizar afuera, en otros, pero que es “no sabido” sobre sí mismo. Y que en psicoanálisis llamamos lo Inconsciente.

 

El saber sobre sí pero puesto y enviado desde el otro. “El hablante recibe su mensaje de manera inversa” planteará Lacan. Nuestra sabiduría popular lo ha dicho de una manera más sencilla: “El sordo no oye, pero bien que compone” Haciendo notar el lugar desde donde alguien compone, es decir, desde donde alguien escucha y da sentido a “eso” que considera como su realidad.



[1] Ramírez-Garza, C. (5,11, 2008) Lo real del cuerpo  El Porvenir/ Cultural, p.3