El sentido de la vida

Camilo Ramírez Garza

In memoriam de mi amigo

Maximiliano Beeton Galarza

 

O debiera decirse en plural, los sentidos, pues la vida no posee de manera natural un solo sentido y significado, sino múltiples pueden ser los sentidos que alguien se invente durante el transcurso de su existencia; además de cambiar, transformarse, sustituirse, perderse, etc.

El sentido en la vida, como la felicidad, no es tanto una meta, sino una búsqueda, un trayecto por el cual se atraviesa, con el riesgo que implica toda experiencia. Siendo justamente ese riesgo lo que dota a la existencia de lo enigmático: no sabemos el futuro, ¡Nada está escrito! Gracias a lo cual podemos construirlo.

Y ¿Qué sería el sentido o los sentidos en la vida? Si pudiéramos decir algo al respecto, sin sonar a receta de cocina -aunque hay platillos realmente sabrosos, que requieren un gran arte para realizarlos, ¡Habría que reformular ese dicho!- podríamos comentar que los sentidos en la vida, al construirse en la búsqueda, implicarían salir, ello podría implicar viajar, no solo a lugares lejanos, sino cercanos, tanto geográfica como ideológicamente, abrir la experiencia a la escucha de nuevas formas de pensar y de vivir, en ese sentido dichos proceso de búsqueda estarían necesariamente marcados por el desconocimiento de sí mismo: dejando los propios referentes a un lado (formas de pensar, creer, vivir, etc.) es que se puede emprender la experiencia por lo diferente, estar receptivo. Para una vez de vuelta –hacia el propio terruño o formas de pensar- poder “extrañarse” de cómo se piensa y vive, entonces ese desdoblamiento (verse a si mismo como si fuera otro) permite advertir algo tan propio que antes no se veía, entonces algo ha cambiado: uno se conoce más, pero justamente en el desconocimiento de sí mismo.

Las pérdidas también producen esos efectos, pero de manera desgarradora: irrumpe la muerte trastocando cualesquier noción de control, bienestar, poder y superioridad que el ser humano haya por siempre considerado, entonces la relación con el tiempo y la vida se trastocan, de sentir que se posee el mundo entero -incluso a un clic de distancia- se advierte la fragilidad que nos constituye. Como ha dicho Jaime Sabines: “La casa me protege del frio nocturno, del sol del mediodía, de los árboles derribados, del viento de los huracanes, de las asechanzas del rayo, de los ríos desbordados, de los hombres y de las fieras. Pero la casa no me protege de la muerte. ¿Por qué rendija se cuela el aire de la muerte? ¿Qué hongo de las paredes, qué sustancia ascendente del corazón de la tierra es la muerte? ¿Quién me untó la muerte en la planta de los pies el día de mi nacimiento?”

Entonces todo se puede ver más claro, diferente, con una cierta paz en la aceptación de una lucha interminable entre el poseer, el ser y el valer; se vive más ligero, las posesiones y las ansias de poseerlo y  de serlo todo (dinero, saber, poder, etc.) se evaporan, dan lástima, dan risa, entonces tal vez nos encaminamos al amor y a la felicidad. De tal manera que aquellas ideas y valores que subyacían a tales sentidos también cambian, la vida se dinamiza, se puede decidir en base al presente, ese instante fugaz que es lo único que tenemos. Anclarse  o quedar esclavizado al pasado o al futuro, haciéndolos tiempo presente aplastante hora tras hora, constituye una de las principales neurosis de todos los tiempos. Tal vez en la búsqueda y el trastrocamiento de las propias nociones se puedan encontrar algunas respuestas, eso que aparece de pronto en frase como: “Yo siempre he querido hacer….” Pero nunca se ha realizado.

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