Psicología en el aula: la educación cuantificada

por

Camilo Ramírez Garza

 

“Los expertos lo saben todo,

pero nada más”

Adre Bretón

 

Educar, -aunque suene lógicamente obvio- implica enseñar y aprender. Actividades que hacemos constantemente, incluso sin darnos cuenta, pero que supuestamente predominan en el contexto formal de la escuela. La escuela, sea pública o privada, posee el objetivo de formar al sujeto desde la educación más básica hasta la superior. En la actualidad la escuela es, no solamente un apoyo, sino un medio de vínculo entre la educación y el mundo laboral. Sus dos grandes funciones son: prepararnos para la vida pública; y prepararnos para la vida laboral. También es un instrumento del estado, a partir del cual se imparten –explicita e implícitamente- los valores propios de cada nación.

 

Desde hace algunos años se ha introducido a los planteles educativos (lo mismo a la legislación, la política, el sector salud y la cultura) las lógicas empresariales de la calidad total (calidad de procesos, certificaciones, auditorias, etc.) no sin sus respectivos efectos en detrimento del aprendizaje, de las humanidades, desplazadas por la ciencia y la tecnología.

 

En la antigüedad griega, educar implicaba que los interesados “se le pegaran” al sabio filosofo quien los instruiría en el saber (matemáticas, física, retórica, poesía, gimnasia, etc.) posteriormente los intereses romanos fueron más prácticos, predominando la formación militar. En la edad media (s. V-XVI) la educación fue predominantemente dogmática, impartida desde la iglesia, controlada por la jerarquía del clero y las monarquías. Periodo durante el cual surgieron los famosos exámenes, como medio para evaluar los conocimientos. Ciertamente eran muy distintos a los actuales en hojas. Regularmente se realizaba un trabajo de investigación (tesis) misma que era defendida –argumentada- ante unos sinodales doctos quienes bombardeaban con muchas preguntas. Poco a poco se fue reduciendo la evaluación hasta quedar en los exámenes actuales en los que se pone un valor numérico a cada ítem o pregunta de la prueba. Predominando a todos los niveles educativos una educación y evaluación cuantificada, es decir, expresada mediante números, cifras, porcentajes. Que se suponen en relación de equivalencia con el aprendizaje y conocimiento de ciertos contenidos. Como aquella visión ideal de la realidad más pura, expresada en términos numéricos, o con letras como es el caso de la escala de valoración utilizada en E.U.A. en donde es mejor sacarse una A que una F.

 

Independientemente del código utilizado, cuantificar la educación; predominando los medios de valoración numérica a manera de tablas, ha ocasionado la perdida cuando no el fracaso del desarrollo de habilidades de pensamiento critico, que le permitan al alumno buscar, observar, deducir el conocimiento, apropiarse de su proceso de saber, que trasciende a los límites espaciales y temporales del salón de clases. Y que debiera ayudarle a responder a las preguntas fundamentales de su vida; al tiempo que permitirle desarrollarse profesionalmente. En lugar de eso, la estructura de los planteles educativos del kinder a la universidad, está plagada de proyectos objetivados, certificados, que poco hacen porque el alumno piense; preocupadas más porque llene requisitos, porque “salga” bien en sus calificaciones, para con ello aumentar la oferta educativa, y por lo tanto ser más lucrativos. Estamos presenciando el detrimento del pensamiento y la degradación, en pos de la especialización de una educación regida por las lógicas de la evidencia más concreta, de la calificación hecha fin, y no solo medio. Resultado: la mayoría de los alumnos solo quieren pasar y terminar, su primaria, secundaria, preparatoria, carrera…suman y suman, y dividen, mientras el aprendizaje pierde su vitalidad más básica ante el ideal de la producción y ganancia económica a toda costa.

 

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