Malestares escolares: ¿Soluciones?

 

Camilo Ramírez Garza

 

Situaciones comunes en la escuela hoy en día: maestros y directivos se quejan de uno de sus alumnos quien no hace casos,  no se queda quieto, no trabaja durante las clases, además de no hacer tareas. Para lo cual se sugiere a sus padres que le lleven a consultar con algún especialista, psicólogo, psiquiatra o incluso neurólogo (a veces también un endocrinólogo, nutriólogo, etc.) pues seguramente su hijo padece una grave enfermedad o condición “orgánica” que le hace no obedecer.

Independientemente que se descarte o compruebe la existencia de una enfermedad o condición que requiera ser tratada en el alumno por alguno de los profesionales antes mencionados por médios psicológicos y/o farmacológicos. Lo que llama la atención y es lamentable es que la escuela misma, maestros y directivos, no se impliquen en lo que sucede ante ellos en el salón de clases desde su contexto propio: el de la relación maestro-alumno en el contexto de la enseñanza-aprendizaje, preguntándose ¿qué puedo hacer? ¿Cuál sería mi aporte para la solución de esta problemática que involucra mi quehacer como docente?

Puesto que incluso en la presencia de alguna enfermedad o padecimiento más claro a nivel cerebral, ello no hace ninguna diferencia sobre el como tratar al alumno, todos los profesionales de los campos de la psicología, la psiquiatría y las neurociencias, saben y operan –y si no, ¡deberían!- con el supuesto que es, principalmente, el ambiente (padres, maestros, disciplina, entrenamiento, ejercicios, etc.) el que moldea al sujeto, desde sus aspectos más comportamentales, de conciencia y valores, hasta sus micro procesos sinápticos cerebrales.

De tal forma que el maestro posee herramientas teórico-metodológicas para abordar una situación, no necesariamente remitiéndose a otros discursos, sino aportando su particular forma de ver e intervenir en el problema o dificultad que presenta su alumno/a. Muy frecuentemente esto no se hace, pues también se sabe que entre las nuevas disposiciones administrativas y curriculares que organizan el ámbito escolar y las ideas curiosas de algunos padres de familia -quienes sin saberlo dañan no solo la autoridad de los maestros, sino el ejercicio de la propia- sobre la participación, o más bien nula, de los maestro en la disciplina de los hijos, so pretexto de que sus tiernos querubines queden “traumados”, poco puede hacer los maestros, por lo que terminan simplemente haciendo detecciones y referencias de las problemáticas, y de pasada minando su propia autoridad; enajenándose de las dificultades de sus alumnos, incluso algunos después operando muy cómodamente, suponiendo mágicamente la existencia de un fármaco que vendrá a producir un cambio radical en su alumno y/o hijo, en el caso de los padres, que haga caso, tienda su cama, cumpla con la tarea, etc. Dichas fantasías farmacológicas sobre problemáticas humanas que tienen que ver más con la autoridad, el diálogo, el esfuerzo, la formación y la educación, provienen de las lógicas que el mismo mercado va promoviendo: “No batalles, solo compra esto, tómatelo y se acabó el problema de manera rápida y efectiva”

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