El malestar escolar de todos los días

por

Camilo Ramírez Garza

 

 

A menudo en los diversos contextos educativos surgen dificultades propias de las actividades que ahí tienen lugar. No por nada Sigmund Freud ubicó, al educar –junto al gobernar y al psicoanalizar- como tres actividades imposibles. Es a partir de sus dificultades de dónde obtienen sus retos y empuje; los puntos nodales que organizan sus prácticas y ofrecen las experiencias.

 

En el caso de las dificultades escolares a menudo se encuentra con que éstas son tomadas como interferencias de una cierta psicopatología del niño o joven, cuando no neurológica, exclusiva de quien se ubica como “el sujeto de conductas inadecuadas”, es decir se le considera descontextualizadamente (qué hizo, ante quién, cuándo, cómo, etc.) lo cual imposibilita descifrar el sentido de lo que se presenta. Esto es uno de tantos efectos de considerar lo humano en términos de conductas (adecuadas, inadecuadas, aberrantes, enfermas, patológicas, etc.) como una especie de encadenamiento que lleva a quien las “padece” a ejecutarlas. Por el contrario si se considera lo que alguien hace y dice, en términos de acto que hace una escritura, entonces lo que se reconoce de entrada es la singularidad de ese acto, puesto que un acto no es el mismo que otro, mientras que las conductas se clasifican (el UNO para todos) entonces al considerar lo que alguien hace y dice como un acto primeramente nos lleva a interrogarnos sobre el ¿Cómo sucedió? Seguir las pistas que permitan analizar el sentido (la escritura) de ese acto: lo que se está intentando decir haciendo.

 

Dicho abordaje que llevaría a descifrar el sentido singular de lo que ese alumno en particular hace en clases y ante quien, y que a la vista de otros es considerado como simples conductas desadaptadas, violentas, hiperactivas, que interfieren con la clase, que requieren valoración de “un especialista” en neurología y psiquiatría y psicofármacología (seguramente dentro de poco veremos que se le una el genetista) se pierde cuando las autoridades de la escuela, el colegio, y lo que es más triste, sus padres, consideran que su alumno-hijo “tiene” un problema “interno”. Pues la escuela se desimplica de su labor educativa y formativa, que teniendo problemas neurológicos o no, no debiera de ver diferencias, incluso desde la misma noción de plasticidad cerebral, que plantea que el cerebro se “moldea” en función de la cultura (lenguaje, normas, leyes, disciplina, rehabilitación, etc.) Eso es precisamente descontextualizar lo que el otro hace, darle un estatuto de “siempre igual e inmodificable” que tiene la noción de conductas, cuando en realidad se trata de actos: actos que escriben singularmente una subjetividad desplegada siempre en relación con los otros.

 

De ahí que cada maestro, al igual que cada padre y madre, así como cada psicoanalista o clínico, deberá plantearse la pregunta incluyente, que lo compromete ante lo que hace su alumno, hijo, paciente, ¿En qué me implica eso que alguien hace ante mi? ¿Qué tengo que ver yo en eso de lo cual me quejo y molesto? ¿En qué medida participo en su síntoma, su sufrimiento y queja incesante, de mi hijo, alumno, paciente?... ¿Qué tengo que ver Yo en su mala conducta? ¿En sus llegadas tarde? ¿En que no trabaje? ¿En qué diga Yo que es un chiflado, que no hace caso, que no es responsable?...Y demás preguntas que nos lleven a incluirnos más que excluirnos de eso que nos aqueja, pues como alguien ha dicho, todo lo humano nos concierne en tanto que humanos también. Claro, las dificultades, comodidades y el discurso intocable de las victimas, a menudo lleva a des-implicarnos, a creer que la culpa la tienen solo los genes, el cerebro, los padres, el inconsciente, etc. De ahí la pertinencia de la frase de Freud “Donde Ello era Yo  debo devenir” Ahí donde eso que no entiendo pero que repito una y otra vez, ahí, Yo estoy implicado, formo parte del síntoma y del goce que está enlazado al mismo, así como a la queja y sufrimiento producido por mi síntoma, y así poder hacer algo.

 

 

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