Dormir en paz

por

Camilo Ramírez Garza

 

Cuando iniciábamos clases a las 7 de la mañana, les decía a los alumnos que si habría que culpar a alguien de la desmañanada, era al progreso, en particular dos: la electricidad y el automóvil, o cualquier otro medio de transporte.

Ahora en pleno siglo XXI era de las telecomunicaciones, la digitalización de la vida; la vorágine tecnológica y de mercado asechándonos día a día con la dupla de lo obsoleto y la conquista de la novedad y su asociación pavloviana con la belleza, la salud, el poder, el valor propio (autoestima) el cambio, la rapidez, sobre todo la rapidez que va desplazando, cuando no desapareciendo, las experiencias de la tranquilidad, la paz y la lentitud. Al grado que experiencias tan elementales como el dormir, saborear los alimentos, hacer el amor,  sentir el cuerpo, se vuelven cosa extraña, ajenas. Como sucedió humor, hay que quitárselo al cuerpo, para después re introducirlo vía el mercado perfumado. ¿Qué hacer cuando se le quita a los humanos algo tan elemental como el descanso en el dormir, no se diga la vida onírica y toda su riqueza en significación?

Una de las vías es pretender introducirlo con un producto. Si hay algo que sucede el mercado no solo creará un mercado de deseos a base de objetos infinitos con los cuales pretender saciarlos, sino también problemáticas nuevas, como el no poder dormir, pastillas para dormir; no poder tener relaciones sexuales, medicamentos para poder alcanzar una erección; no poder relajarse, medicamentos que permitan alcanzar un estado si acaso medio tranquilizador para descansar. Por ello no es extraño que hoy se eleve el consumo de drogas a nivel mundial, como una forma de volver a experimentar gozo, alegría, paz, novedad, etc. vía una sustancia, pues también hoy están dadas las condiciones en la cultura para semejante control y placer biopolítico, en donde el cuerpo es reducido a simple organismo consumidor. Tales drogas -legales e ilegales- no logran desarticular el problema, hacer más consiente a la persona de aquello que la llevo a padecer tal malestar, malestar que se encuentra en relación con la experiencia más inmediata de la vida cotidiana, no encaminan al sujeto para un día no volverlas a necesitar, sino cada vez requieren ajustes de dosis. El peligro es perpetuar dicho movimiento: malestar, búsqueda de medicinas que acallen los síntomas, en vez de plantearse cuál sería el sentido, la razón por la que en primer lugar este malestar apareció. Como el hecho de tener sueño y no dormir, sino tomar algo para seguir despierto y que la fiesta siga. No por anda hoy son los tiempos de los infartos fulminantes. Esto puede apreciarse con todas esas afecciones derivadas del estrés, en otro tiempo se decía nerviosas, psicológicas, luego psicosomáticas, ahora se les nombra “estrés” a toda esa gama de padecimiento a los cuales la medicina no les encuentra ni pies ni cabeza

La paradoja del estrés consiste en que ninguna estrategia plantea algo tan elemental como descansar y guardar silencio, prescribir algo de quietud –pues eso no vende-  sino añadir un producto más, haciendo justamente lo mismo que produjo el estrés, sobrecargar al sujeto.

El silencio y la quietud quizás sean dos cosas tan sencillamente complejas que ahora habrá que reintroducir en la experiencia humana mediante otras vías: quizás la contemplación y los paseos a pie en donde poder volver a sentir el cuerpo en movimiento, el ritmo del corazón y la respiración, eso si, sin un gadget cargado con cientos de canciones.

camilormz@gmail.com

 

*Artículo publicado en El Porvenir/Cultural, p. 3 (09.09.09)