Fútbol en las gradas: ¡¿Vivir de la patada?!

 

Camilo Ramírez Garza

 

Últimamente hemos leído crónicas o presenciado imágenes impactantes en la sección deportiva: montones de personas en las gradas –es difícil precisar su número- golpean a un aficionado  ocasionándole la muerte; gente “metiendose” a la cancha a reclamar o agredir a jugadores, árbitros, directores técnicos, staff en general. El día de hoy (martes 21 de junio 2005) nos encontramos con la noticia de que miembros del grupo denominado Mara Salvatrucha asesinaron a un jugador del club Alianza del Salvador, al delantero William López de 26 años.. Sucesos como éstos distan mucho de ser recientes. Agresión y muerte han estado con relación al deporte desde hace tiempo, ya sea del lado de competidores o de aficionados.

 

Dichas realidades -como muchas otras- son igualmente condenadas y lamentadas por deportistas y no deportistas alrededor del mundo, sin por ello dejar de suceder. Parece que las medidas tomadas no siempre logran resolver los conflictos: aumentar el número de elementos de seguridad con equipos anti-motines; registros al entrar; restringir el acceso a aficionados identificados de ciertas porras; incluso hay quines proponen regular la venta de alcohol; uso de circuitos cerrados de vigilancia, entre otras.

 

La realidad es que después de colocar cámaras en los estadios y aumentar los agentes de policía e incluso militares -pues la situación parece no dejar más opciones- siguen presentándose hechos como los mencionados que rayan en ocasiones en el amotinamiento. De nuevo las medidas parecen ser ineficaces. Ante la falta de control, las autoridades, presidentes, clubes  y patrocinadores tendrán que implementar los programas contingentes que consideren necesarios.

 

Por otra parte surgen preguntas sobre la causalidad de éstos sucesos: ¿por qué hay golpes, agresiones y muertes; cuasi-motines en los estadios de fútbol?, realidades que en cierta forma nos implican a todos. Finalmente ¿por quién tocan las campanas?

 

¿Por qué la gente hace eso?, ¿Por qué suceden estas cosas?, ¡Todos contra todos!... Y las que se vayan acumulando. Por un lado hay quienes recordarán lo que era en otras épocas asistir a un estadio de fútbol: “disfrutábamos de la fiesta deportiva en un ambiente familiar, de respeto, incluso entre oponentes”; para finalmente concluir con que lo de antes fue mejor y que las situaciones actuales son muy reprobables e insoportables. Ciertamente la opinión de estas personas está  por demás justificada sin por ello aportar alguna clave para el entendimiento del ¿por qué ahora sucede lo que sucede? ni mucho menos para aportar alguna solución. En ese sentido es como si nos quedáramos pensando en la situación ideal, sin por ello obtenerla; decir constantemente lo que se debe o tiene que hacer no garantiza que se haga. Lo ideal es una imagen que regularmente detiene al sujeto y le impide hacer y lograr sus objetivos de forma concreta y realista.

 

Por los años de 1921 Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, plantea algunas ideas con respecto al sentido del comportamiento de ciertos grupos sociales (Freud, S. 1921 Psicología de las Masas y análisis del Yo. Obras Completas. Tomo XVIII. Buenos Aires: Amorrortu)  Argumenta que el contagio, la identificación y la responsabilidad diluida, aquella que se reparte entre todos y a la vez en nadie (¿dónde quedó la bolita?) son expresiones de las vicisitudes inherentes a la subjetividad humana ¿Qué es lo que quiere decir eso?

 

El contagio es frecuente. Todo el desarrollo de una persona: la identidad, el contexto, le lengua; las experiencias de aprendizaje: escuela y profesión; deportes, actividades de esparcimiento,  oficios... se aprenden por imitación y por la escucha. Por otro lado, todos hemos experimentado alguna vez al ir al cine que al apagar las luces alguien grita, dice algo o simplemente hace ciertos ruidos que a plena luz no emitiría. Eso es gracias a la obscuridad. Si dura un instante puede que sea cómico y de desahogo, no es lo mismo si se perpetúa toda la película. Por otro lado tenemos que un sujeto solo, tal vez no se atrevería a realizar ciertas cosas, pero una vez en grupo se anima y se avienta a hacerlo; otros tal vez se identifiquen con él y sigan sus pasos. ¿De qué depende? Al parecer del grado de control y de conciencia por un lado o de la confianza (necesidad) que el grupo otorga a alguien en determinado momento. Pensemos por ejemplo al cantar en un kareoke, no es lo mismo hacerlo solo que cantar en grupo, diluyéndose la propia voz junto a la de todos.

 

También sucede que la capacidad de inteligencia que alguien posea puede quedar “disminuida” al estar en tumulto, en “bola”, “en raza” –como se dice, (¿o se decía?) Pues es como si el mismo grupo generara conciencia propia y fuera ésta bastante primitiva: preferenciando exclusivamente el sentimiento, facilitándose encontrar culpables a los cuales dirigir la agresión. Lo que es propio e intolerable y odiado es puesto (depositado) en aquel al que se golpea; y al cual se identifica como el culpable. ¡Finalmente todos los países tienen sus extranjeros! En el caso del deporte puede ser la derrota. El llamado sentido común se suple por “otro” sentido puesto en común, surgido momentáneamente dentro del grupo: vivir y sentir el momento; desahogarse, ser aceptado y formar parte de él, y muchos más. De esta manera las prioridades individuales pueden cambiar y ser suplidas por las de la masa. Por el afecto puesto a cierto equipo o porra. Pero en grupo ¿Quién lo mató?  ¡Fuente ovejuna!

 

Ello nos permite pensar en situaciones diversas como “el acarreo”, “la grilla”, “linchamientos”... hasta la llamada violencia en los estadios.  No me refiero a no tener un sentido critico de las cosas y agruparse por ello, sino a su parte torpe, de sentimientos desbordados, tomando justicia “con la propia mano”  y sin mucho análisis.

 

Entre otras cosas parece que eso fue lo que presenciamos los mexicanos en la campaña presidencial del actual mandatario. En ella se convocaba a la unión y al cambio -sin mucha reflexión- por el sólo sentimiento de  injusticia; de deseos de cambio; de setenta años de poder. Parece que los insultos, ademanes, gritos y maldiciones bastaron para llevarlo al poder y posteriormente jugar otras cartas. Pueblos pensantes y críticos se vuelven peligrosos para quienes los gobiernan e intentan educar. Las masas votantes y acríticas se convierten en su mejor mercado. Pan y circo pide la masa, el pueblo. Evidenciándo que la oferta no hace la demanda sino que la demanda hace la oferta.

 

Por tratarse de experiencias subjetivas, es decir situaciones que les suceden a seres humanos donde quiera que éstos circulen, no es de extrañarse que dichos principios: contagio, identificación y responsabilidad diluida permitan entender (dar sentido) desde actos lamentables en los estadios, hasta situaciones en escuelas, familias, trabajos, medios de comunicación, poderes, sociedades,  etc. ¿Quién es el gobierno? ¿Quién es la sociedad?, ¿Quién tiene la culpa de “x” o “y” cosa que sucede a los niños en las escuelas? Nadie asume, pocos se implican, la responsabilidad parece de nuevo quedar en todos pero a la vez en ninguno.

 

 

22 de junio 2005

Monterrey, N.L.