Contingencias Humanas

Camilo Ramírez Garza

Entre ellas, el error, la enfermedad y, por supuesto, la muerte. Cuando cada una de ellas irrumpe trastoca la noción imaginaria de control, seguridad y poder, mostrando el núcleo traumático de la condición humana: la fragilidad de la cual todos –lo reconozcamos o no- participamos. Suscitan una experiencia sin-igual de la cual uno de sus efectos posibles es el saber; en caso de poder apreciar dichas experiencias más allá de la sola falla estúpida o el error casual, viendo en ellas un sentido sobre sí-mismo, los deseos, el sentido, la vida, los otros, el amor, el odio…

Situarse ante tales experiencias contingentes (error, enfermedad, muerte, dolor, sufrimiento, etc.), considerando que son parte de la condición humana, implica no verlas como ajenas o extrañas, algo que tiene que ser desterrado, sino como situaciones de las cuales es posible aprender algo. Tomemos la única certeza que poseemos, que un día moriremos y que al igual que al nacer –solos y desnudos- nos iremos sin nada. Al detenerse a pensar al respecto ¿No cambia la perspectiva que se tiene sobre las cosas que ocupan y llenan la vida? ¿No surge lo esencial de manera más clara y más genuina, y uno está en posibilidad de asumir los propios deseos, no solo a pesar, sino con los riesgos, miedos y efectos que supuestamente implique lo que se va a emprender?

Si la muerte algún día nos sorprenderá, no es ese motivo suficiente como para abrazar la vida a diario, dejar de esperar las grandes oportunidades y abrirse a la experiencia de una cotidianidad vivida con vitalidad, entusiasmo y una creatividad siempre nueva, que aunque cale hondo con sus miedos e inseguridades, después de todo quien sabe que sucederá mañana, a donde nos llevará el siguiente paso, pero al mismo tiempo apasionante. Creatividad que no se agota en la medida en que no esté enlazada a la pesadez de conocerse demasiado ¡Habría que desconocerse más seguido! Para así advertir que muchos de los miedos que (nos) inhiben tienen que ver sólo con la forma en la que imaginariamente se creé que se es, como si fuera algo ya dado, un destino del cual no es posible escapar, llevando a exclamar: “Es que yo nunca he podido…” “Siempre he sido de los/las que no pueden…” “Es que yo soy así…” “Es que en mi familia siempre….” Expresiones que van cifrando una cierta noción de sí, en la cual se experimenta una angustia laberíntica de no encontrar la salida.

¿Será que la depresión y la ansiedad, tan en boga hoy en día y lamentablemente en muchos casos sólo tratadas en base a una reducción farmacológica, podrían expresar dos malestares: creer conocerse demasiado y pretender “quitar o hacer quitar” de la experiencia de los humanos precisamente eso que nos hace  humanos, los afectos que nos hacen vivir, lo mismo que sufrir y ser feliz?

Y entonces al desear que desaparezcan tales indeseables experiencias (el dolor, la enfermedad, la muerte, los errores…) también se pierde la posibilidad de aprender algo de ellas.

Eso es lo que diferencia al psicoanálisis -como método de investigación y tratamiento de lo humano- de otros medios de tratamiento psicológico, en que la cura consiste en que alguien a partir de su propia palabra se interrogue sobre el sentido, la razón por la cual sufre y/o padece de tal o cual cosa, sobre la naturaleza de sus conflictos, para así advertir, cómo esa situación es un efecto de ciertas condiciones en su vida y que las soluciones pueden surgir de donde mismo, pues cada problema posee un doble saber: sobre su sentido y su solución.

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