La condición humana

por

Camilo Ramírez Garza

 

Con el brote epidémico de la llamada influenza se ponen al descubierto ciertas características de la condición humana: por un lado, nuestra adaptabilidad al medio. Gracias a ella hemos podido habitar las más variadas condiciones planetarias, dónde la vida y el trabajo parecerían imposibles, como en el espacio exterior, incluso planeando la posibilidad en un futuro de habitar algún otro plantea de nuestra galaxia. Por otro lado, la fragilidad de nuestra vida, la cual puede ser atacada por organismos tan simples, como son los virus y las bacterias; los cuales tienen más posibilidades de sobrevivir en condiciones adversas.

La paradoja humana posee dos extremos: la fragilidad y fortaleza creativa. La carencia y la imposibilidad como motor creador; la habilidad de instrumentar herramientas conceptuales y materiales (artefactos tecnológicos, vacunas, medicinas, etc.) capaces de vencer a tan singulares organismos microscópicos, que al igual que nosotros, no dejan de transformarse y fortalecerse, haciéndose cada vez más adaptables a las adversidades del medio.

Por otro lado, los nada simples aspectos sociopolíticos de las epidemias, muestran, por su parte, uno de los infinitos rasgos humanos, al que Einstein se refirió como de cualidades infinitas: la estupidez. He aquí algunos ejemplos.

Al instante que se planteó la necesidad de utilizar como medida preventiva un cubre-bocas, aquellos artefactos olvidados en las farmacias, tomaron un nuevo brillo, la demanda, por lo que por ejemplo, de venderse diez cubre-bocas a $7 pesos, ahora se están ofertando a $70 pesos los mismos diez, además de quienes han osado revenderlos. Otros –algunos candidatos en campaña- han optado por ofrecer una serie de inexistentes vacunas que supuestamente tratarían el mal pandémico. ¿Le seguimos? Las innumerables acciones insalubres de cientos de miles de ciudadanos, que deberían de ser ya parte de la cultura, tales como: escupir en la calle, sacarse los mocos con los dedos y no lavarse las manos después, toser y estornudar con la boca abierta como si tuvieran un atomizador para los cuatro puntos cardinales integrado, no lavarse las manos ni antes de comer o después de ir al baño, acostumbrar el baño diario, etc. etc. etc. Y aquel más grave que subyace al miedo de una parte de la sociedad: y que tal si esto fue orquestado biopolíticamente con fines de establecer mecanismos de control y vigilancia, que si bien inspirados en el cuidado de la salud, no dejarían de tener sus rasgos autoritarios, como pudiera ser un estado de excepción, en donde la autoridad federal suspende las garantías individuales de sus ciudadanos a fin de “establecer” un control de una determinada situación, como podría ser en este caso “una limpia” microscópica por el virus de la influenza. Quedando así el sujeto desnudo de su ropaje político y social, existiendo solo en su dimensión biológica, en donde si es un peligro no debe de dejársele salir a ningún lado. Tal cual lo presentan diversos filmes (Scanner Darkly, Resident Evil, Gattaca, La isla, Ceguera, Cuarentena, etc.) en los cuales se controlan las enfermedades por la reclusión de una determinada población sin necesariamente tratarlos medicamente. Gracias a tales disposiciones la autoridad armada podría ingresar a cualquier domicilio, lugar de trabajo e institución a fin de detener a cuanta persona lo considere, sin tener que dar cuenta de ello o ser sujeto de investigación. Lo anterior surgió por lo planteado en el artículo “Leyes de excepción” (El NORTE 26.04.2009) publicado el día de ayer

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