Enfermedad, fragilidad y humor

por

Camilo Ramírez Garza

 


Dice Susan Sontag en su libro “El cáncer y sus metáforas” que la enfermedad es una frontera que todos, en algún momento de la vida, nos vemos en la necesidad de cruzar.


La salud y el bienestar, así como la enfermedad, son estados que en la vida joven se imaginan -no sin cierta ingenuidad- eternos, estables y permanentes. ¡Que nunca nos habrán de dejar! ¡Vana y hueca esperanza! Y más en estos tiempos donde la dupla seguridad-inseguridad, vejez-fealdad-obsoleto vs. Juventud-belleza-actualización, comprenden la estratagema, no solo del mercado, sino de gobiernos e instituciones educativas y laborales. Hasta que de pronto irrumpe una enfermedad, cuando no un accidente o el fallecimiento de un ser muy querido, trastocando dicha ilusión de “seguridad” y “bienestar”, que se suponía permanente. Lo mismo cuando se presenta una catástrofe natural (terremoto, inundación, tsunami, deslave, etc.) o económica, entonces se redimensiona la vida, se es más consciente del paso del tiempo y sus contingencias, se vive más el instante.


De dichas experiencias quizás se produzca una angustia que rebasa por momentos, justamente como efecto del des-aletargamiento, de la bofetada irónica que nos ha sacado de la modorra de la existencia rutinaria, por no decir la madriza, que la vida ha asestado. ¿Ahora qué queda? ¿Qué hacer? ¿Cuáles son las esperanzas?


En algunos casos afortunados se podrá recuperar cierto estado de salud, restableciéndose las funciones que permitan realizar aquellas actividades cotidianas, de las más elementales, como el cuidado personal, a las más extraordinarias, como estudiar, trabajar, bailar, correr, nadar, hacer el amor, tener memoria, disfrutar de las artes, de la buena comida, del buen vino, de las charlas con familiares y amigos, viajar, etc. En otras situaciones, la enfermedad habrá dejado su herencia clavada en el cuerpo y en la vida de quien la porta permanentemente, transformando no solo la forma de ver la vida, sino de conducirse en la cotidianidad, requiriendo en algunos casos del cuidado y auxilio de familiares y amigos, cuando no de especialistas (médicos y enfermeras). Entonces al advertir la fragilidad de la vida se toma también conciencia de su reverso, la fortaleza: las posibilidades inimaginables de, aún en el sufrimiento y el dolor más extremos, crear un contexto de amor, placer y humor. Recordemos que la amplia tradición de los mejores chistes se genera, tanto en los hospitales como en las funerarias, lugares donde se congregan quienes han sido tocados por la fragilidad humana, lugares de pérdidas momentáneas o definitivas.


¿Cuál sería la propuesta? ¿Las vías para lidiar con dichas experiencias? A fin de no quedar rendido ante los efectos perjudiciales de la enfermedad, sino a partir de lo que ellas han introducido, ver qué posibilidades puede generar la crisis, tomar dichas experiencias como lienzos en donde plasmar algo a placer ¿Cómo realizar dicho pasaje del dolor al amor y placer?...La propuesta psicoanalítica, una muy particular que considera las crisis y síntomas no solo como problemas a resolver, sino al mismo tiempo como intentos de solución que expresan un mensaje cifrado para quien lo padece, propone la vía del humor, no uno ingenuo, sino el que advirtiendo las tragedias, sin sabores y heridas de la vida (las auto-agenciadas y recibidas de los demás) no las niega, sino las reconoce como “el mapa de su alma” vestigio viviente de quién ha sido y quién desea ser, ahí donde se inicia el verdadero recorrido y búsqueda.


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Artículo publicado en el periódico El Porvenir 2 diciembre 2009, Cultural, p. 3