Amor y Cyber-espacio

Camilo Ramírez Garza

 

El modelo clásico de la comunicación humana es tan simple como equivocado. Reduce el asunto a un emisor y un receptor intercambiando un mensaje, mediante una codificación de parte del primero y una decodificación del segundo. El método psicoanalítico va más allá advirtiendo la complejidad de eso que llamamos “comunicación humana”; en donde el que emite un  mensaje también es receptor de su propio decir, como si éste fuera o viniera de otro; entrecruzamiento enigmático donde se localiza algo de la cifra -“oculta” no sabida- que constituye parte de sí, y que Freud denominó Inconsciente.

Respecto a la producción del sentido del mensaje, es quien recibe el mensaje quien lo interpreta, el sentido está en quién escucha. Bajo ésta lógica todo apunta a lo que señala la sabiduría popular “El sordo no oye pero bien que compone” Es en ese acto de recibir un mensaje del otro, que uno recibe su propio mensaje pero con la ilusión que viene de afuera (exo-) la otredad no es más que la yoidad –si se me permite el término. Algunos otros (Melanie Klein) le llamaron con el tecnicismo “identificación proyectiva”, para dar cuenta de esa parte imaginaria que parte de sí para intentar dar forma a lo que se percibe, interpretándolo o “El león cree que todos son de su condición” Tomemos un caso cotidiano.

Resulta que después de haber trascendido las solas coordenadas auditivas que el teléfono nos proporcionaba, alguien incursiona en el fascinante y basto mundo de la multimedia a través de la red. Algunos seguramente exclamarán que se trata de alguien inadaptado, introvertido/a que no puede establecer contacto “real” con otras personas y que por eso se escuda en la red. Noción bastante reducida, además de ingenua, se basa en considerar a la realidad virtual como una realidad a secas, de menor importancia, por debajo de la realidad “real” del contacto frente a frente. Otro punto de vista es considerar lo real de la virtualidad, ¿Qué es eso tan efectivo de la virtualidad que posee los mismos elementos de la “realidad real” al grado de suscitar el amor y odios más intensos -¡Y tan reales!- entre quienes ahí conviven? ¿Con quién hablo en realidad cuando hablo con alguien?

El ciberespacio aparentemente infinito, donde las múltiples conexiones que diversos usuarios establecen forman una red; en donde hay imágenes (estáticas y de video) sonidos, textos, incluso movimientos y vibraciones que viajando a la velocidad de la luz hacen de pronto “cobrar” vida a diferentes artefactos del genio del hardware que permiten “sentir” de lejos, podríamos decir tele-sentimiento o tele-sensorialidad, dejan al descubierto eso que siempre ha estado ahí, pero sin ser notado (Inconsciente) que las relaciones son aparentes, que el otro siempre será transformado imaginariamente en algo que permita entrar en contacto con el o con ella, inscrito en la fantasía, para poderle hablar, describir, amar u odiar. El amor virtual es tan real como el considerado real, con la diferencia de que en el segundo quizás se tiene la sensación de verdad histórica, mientas que en el primero se puede advertir algo de lo que se ha supuesto-imaginado del otro: ese elemento fantasmático que se le ha atribuido: ¡Se me figura que eres….! ¡Ese email que me enviste como que me dijiste…!

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